CASSANDRA: ¡Vaya días!

El lunes me llevaron en la cajita infeliz al veterinario para un corte de uñas radical. El martes conocí a un enemiguito nuevo, un gato que amaneció en mi patio y que tuvo la patudez de pegarme cuando salí a saludar; más encima, yo con las uñas mochas. Ayer, sola tooodooo el día, y hoy, por más que maúllo enrrabiada, la mami no corta el agua que cae en el patio y hasta tuvimos que damnificar mi cajita de arena, trayéndola adentro.

No sé para qué me pusieron entrada independiente en la cocina si ahora no puedo salir, por el agua corriendo allá afuera. Y si, venciendo todos mis miedos, me decidiera a dar una vuelta, la mami me atajaría de entrada para limpiarme las patas, “¡el barro!” diría. No veo otra solución más que descansar de todo lo que ya descansé en la noche.

Cuando vivía en departamento no había nada de esto: agua, gatos, panderetas interconectadas, ni patios en los cuales caerse, como el de mi vecino de atrás. Durante un día de invierno, éramos sólo la estufa, mi cajita, mi cama, la mami y yo.

Pero aunque tengan que ponerme antipulgas y vacunarme el doble, me gusta esta vida en casa; con el sol por las mañanas, el patio para revolcarme, los pajaritos en el techo ¿qué será que ya no vienen al suelo como antes de que me fuera a presentar?, el escondite bajo el auto y hasta el vecino acusete que ladra cuando me cuelo bajo la reja camino a la calle.

Día gris. Sólo me queda dormir en la frutera, comer y jugar con la pelotita de esponja. De escribir me cansé.

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