CASSANDRA: Biografía NO autorizada

CASSANDRA: Biografía NO autorizada

Mi gatita Cassandra ha mandado correos y escrito historias desde que llegó. Ahora es mi turno de hablar de ella.

El 14 de Junio del año 2005, me enfrasqué en la tarea de ayudar a la jefa de una amiga, a encontrar hogar para una bella gatita llamada Clementina, a través de mails y contacto con mis conocidos. A las 9 de la noche, del mismo día, mi amiga se subía a mi auto con un bultito rubio, sucio y asustadizo que de algún modo ya era mi propia gatita, y a quien, desde el día siguiente, llamaría Cassandra. Su nombre -que algunos asociaban al personaje de una telenovela y yo a la canción de Sui Generis- fue catalogado por mis amigas como “de bailarina de cabaret”.

Cassandra fue encontrada en la intersección de dos avenidas, cruzando la calle y luego corriendo para refugiarse al interior del motor de un auto estacionado. Tal vez por eso ella ha sido siempre una gatita que se asusta con los ruídos y con la gente. Diminuta como era, trepaba hasta mis hombros pareciendo que en cualquier momento se metería en mi oreja. Durmió en la cocina desde el primer día de manera obediente, aunque despertaba a las 6 de la mañana con maullidos exagerados, y algunas, cuando su relojito biológico se descomponía, a las 3 o 4 de la madrugada.

Siempre se subió a mis piernas cuando estaba frente al pc, tal vez de ahí su gusto por la escritura, y llegó corriendo cada vez que escuchaba funcionar la impresora (aficiones que mantiene hasta hoy).

Le compré ratones y pelotas de todos los tipos, sin embargo, uno de sus juguetes preferidos es el alambrito con que sellan las bolsas del pan. Un día, descubrí los ratoncitos portátiles peludos y le traje el primero, que fue desde entonces su juguete más querido. Cuando le compré de los mismos pero cubiertos en cordel de colores, claramente los ignoró. Tenían que ser peludos.

Durante su primer baño, la pobre gatita mojada tiritaba y se mantenía tiesa. Enojada. Una vez que la saqué del agua, sólo quería escapar, pero no pudo. Fue imposible usar el secador, y tuve que tirarme de espaldas con ella en el pecho, para secarla con la estufa. Una vez seca, se veía igual que antes, la cola seguía un poco gris y su pelo pegado al cuerpo. No era verdad el mito de la pantera rosa después del baño.

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Su pubertad felina la hizo parecer un hurón. Larga y flaca parecía una serpentina pasando por pequeños lugares.

Mañas tiene pocas. No toma agua de la llave, no rasguña los muebles.

Tampoco dormía en mi cama, pero cuando me cambié de casa, sus maullidos antes contenidos tras varias puertas, fueron escuchados por todo el vecindario y tuve que permitirle andar suelta por la casa o jamás volvería a dormir. Ese fue el inicio de la libre vida que lleva hasta ahora.

Mi bella gata habla. No como las personas, pero casi. Llama cuando llega por si hay alguien; si uno la llama porque no la ve, contesta; si uno le ordena salir de un sitio, reclama. Ya sé ¿no me creen? lamento por ustedes no poder poner audio a esta historia.

Ella me ama. Bruta y todo como es conmigo, demuestra su cariño de manera tan leal que da gusto. Me recibe en casa, me acompaña a primera hora de la mañana y se acomoda a empujones cerca de mis piernas cuando llega la noche.

Es hermosa. Lo fue de pequeña, pero por meses se veía un poco color gris mugre. Luego, de puber, fue larga y angosta (como un Chile en cuatro patas), y hoy, gatita adulta de un año y meses, su pelo es largo, vaporoso y luce limpia la mayor parte del tiempo (excepto, claro, cuando entra a la casa proveniente de una excursión por los techos aledaños).

En fin, seguro que ella reclamará sobre esta biografía, que dejé de decir otras cosas buenas y exageré las malas… pero qué más da… ya está publicada.