CASSANDRA: Desahogo

La mami le cuenta a quien se le cruza que de noche le muerdo los pies.

Pues bien ¡basta ya! de que les hagan creer que soy la única que propicia roces intrafamiliares.

Cuando viajó, hace semana y media, me sacó con un ESCOBILLÓN desde atrás del refrigerador. Un escobillón que tenía un paño sí. Y no me pegó sino que me empujó un poquito para que yo sintiera que no había espacio y saliera ¡pero igual! ¡violencia es violencia!

Hace dos noches, sí, le mordí la manito y lloré varias horas, pero ¿por qué? porque se acostó sin mirar mi platito y resultó que ¡estaba vacío! ¿no habrían mordido ustedes? ¿ah?

Bien, y anoche… anoche no saben. Yo me acosté tempranito igual que ella. No vimos película ni nada. Y en la mitad de la madrugada, recibo una patada. UNA PATADA, tal como lo leen. Sin mediar provocación, me pegó una “voladora”, con mi consecuente reacción de salto en el aire. Ella se despertó con el incidente (sí, estaba durmiendo, pero ¿y qué? acaso ¿le vamos a dar inmunidad por eso?) y vio como me abalanzaba entre asustada y enfurecida, sobre ella. Solo alcancé a morder un poquito de su pie y otro poquitito de su mano mientras me decía “fue sin querer, fue sin querer”. Cuando se durmió, le fuí a morder el pie que sacó fuera de la cama para terminar de relajarme, despertarla, y así, instalarme para que me hiciera cariño y perdonarla.

Ella dice que soy una fresca y yo no encuentro. Es mi casa, y es MI mami. No veo dónde me pude haber tomado atribuciones de más. Como si yo siempre la despertara con mis maullidos de noche… nada, en una semana grito, a lo más, seis noches, eso no es “siempre”. Ni le saco muchas hojitas a las plantas, sólo las necesarias para jugar. Y tampoco se me puede culpar de la manilla que le falta al cajón, porque yo me la encontré en el suelo, y “sólo” la perdí.

Estoy pensando seriamente en redactar los derechos de los gatos, o para evitar el cansancio, buscarlos en Internet.

CASSANDRA: Bola de pelos.

PUAJ, hoy vomité mi primera bola de pelos.

El que sea sensible al tema, descuide, esa fue la peor parte.

 

Y por qué tenía una bola de pelos?

Bueno, fue así…

Deberán recordar mi apacible vida de gata en casa a ras de piso de buen vecindario, que a pesar de la molesta convivencia perros vecinos, intenté mantener a través de distintos nuevos caminos para escapar y uno que otro cambio en mi rutina diaria. Pues, un día la mami comenzó a tomar todas sus cosas, y yo pensé, “bueh…” y de pronto comenzó a tomar todas “MIS” cosas… y entonces pensé “¡ops!”.

De un día para el otro me ví viviendo en un tugurio de mala muerte (con todo respeto), sin patio, en altura y con un calorazo que derrite. Mi ánimo decayó de tal manera que me resistí a comer y comencé a pelechar, y la mami como haciendo raya para la suma me mira y dice “es tres” y yo no sé qué tienen que ver las matemáticas o si quizo decir que pelechaba como tres gatos en vez de una, pero el asunto es que luego de decir eso, me cambió el alimento y comenzó a comprar todo tipo de utensilios eliminadores de pelos para sobrellevar la situación, unos para mí, otros para la ropa, otro para los muebles y un pañito que con estática hace de las suyas llevándose el polvo y los pelitos esquivos.

De aquel tiempo, hace ya un par de meses, y aunque mi apetito mejoró, el tema de mi pelecha constante nos sigue intrigando.

El nuevo sucucho (insisto, con todo respeto), no tiene patio (perdón que repita pero tengo que reclamar cada vez que pueda). Está en el piso ocho y tiene un balcón que sí, se veía salvador, pero estaba fuera de mi alcance. La mami hizo el intento varias veces de sobreponerse a los nervios que le daba verme saltar a la barandilla, pero no pudo, así que me dejaba con el calor intenso del sol mañanero, nada menos que encerrada y sin cortinas, con el calor entrando por toda la casa.

Lo bueno que sucedió fue que un día apareció un amigo de mi mami de hace como 15 años (¡qué viejos no!) y le dijo que yo era gata, que no me iba a caer y que si me caía, en fin, sería en mi ley. Yo apoyé la moción, y fuimos dos contra una, así que desde ese día al menos me dejaba pasear en las tardes cuando ella llegaba.

Y convencida de que podía cuidarme sola, a las semanas la mami decidió empezar a dejarme con la ventana abierta durante el día y varias bendiciones antes de irse a trabajar. Los primeros dos días llegaba corriendo a verme, y yo la esperaba adormilada y regalona, así que se relajó. Tenemos un trato, ella me deja salir y yo, salgo ¿o no es un trato ese?

En este nuevo lugar, a la mami le dio por cartar a dúo con ese amigo anciano del que les hablé arriba. Es raro, pero cuando eso pasa me transformo y me paseo casi encima de la guitarra. Es que hija de tigre, tenía que salir rayada, así que me encanta la música (eso sí, por favor si alguien puede hacer causa común conmigo, díganle a la mami que deje de escuchar tantas veces “Desafinado” que hasta yo voy a terminar cantándola).

De nuestra vida, lo mejor, es que puedo regalonear cuándo quiera y donde quiera. Generalmente, tipito cuatro. De la madrugada. Pongo mi cabeza en la mano de mi mami inconciente, para que ella me acaricie. Si no resulta, le paso la lengua por la cara y después de reclamar, me hace cariño. Eso puede durar harto rato, depende de cuánta ración de amor esté necesitando y cuánto ánimo tenga mi mami de estar despierta a esas horas. La otra modalidad que tengo de llamar su atención, es mordiéndole un pie cuando lo saca fuera del cobertor. Es nueva y la encuentro ¡tan! divertida.

Lo peor, pasando al otro extremo, es que a la mami le ha tocado salir dos veces de viaje y las dos veces ¿adónde voy? a la casa de mi abueli. Y me gusta estar allá, lo que no me gusta es lo que pasa entre estar en mi casa y la de ella. Como después del cambio me dí cuenta que no es buena señal que a uno lo metan en el adminículo de transporte, aprendí la sencilla técnica de abrir mis cuatro patas y apoyarlas en la puerta de entrada de esa caja infame. Con eso, no sólo hago ejercicio y transpirar a la mami, también, evito que le den ganas de sacarme muy seguido. Una vez adentro, lo que sigue, esa vuelta en auto en la que la mami aprovecha de hacer un montón de trámites antes de llegar, es otra de mis desgracias. Pero ahora me voy en el asiento de adelante, con lo que sólo tres o cuatro veces emito un desgarrador maullido para jugar a que asusto a la conductora, y listo. Llegando a la casa de la abueli, todo cambia. Su departamento es grande y tiene muchos lugares frescos (además de canaritos, como ya saben) (pero no me los deja ver, como ya deducen). Ella tiene más pánico que la mami de que yo me caiga, así que no me deja salir al balcón, pero en ese tremendo espacio, con escalera, juguetes, closet para dormir, no necesito nada más. Ella me gusta porque me hace cariño y pasa conmigo todo el día. Y cuando me aburre, la ignoro y me voy, y ella me hace un desprecio ¡Nos queremos tanto las dos!

Pero, como nada es perfecto, pasan los días y ahí está de vuelta “la cargante” de mi mami y me agarra, y otra vez el show de la caja y mis contorsiones. La última vez estuvo 20 minutos debajo de la cama de la abueli antes de atraparme. Al menos que le cueste.

¿Y en qué estaba? ah! en mi bola de pelos, pues sí, como pelecho tanto me trago hasta los bigotes y me indigesté. Pero en fin, “gajos de la naranja” como dijo un buen amigo.