CASSANDRA: Cinturón negro tercer dan

Sí, hace tiempo que no escribo. Es que nos cambiamos de casa con la mami a una que nos queda mucho más cómoda, en el primer piso del edificio de siempre (ese en el que me caí del piso octavo al séptimo).

Pero no fue eso lo que me hizo dejar la escritura, sino mi nueva afición: las artes marciales.

Estar a ras de suelo y tener una ventana en la loggia me permitió salir sin restricción de horario desde que llegué al nuevo hogar. Después de pelarme el costado derecho en las primeras salidas, y la mami solucionara el problema de que mi panza dejara todos sus pelos en el canto del vidrio, retomé mis rondas de reconocimiento en el sector. El estacionamiento, la pandereta, el territorio vecino. Ya en las siguientes, comencé a reconocer caras: el Huguito (bull dog), mi doble (el gato con el que la mami me confundió dos veces hasta que notó que no tiene las patas blancas), el gato grande al que salgo a echar y él, el gato negriblanco que un día me persiguió hasta la ventana.

 Ya había oído decir a las amigas de la mami que los machos son cargantes y ponen cara de buenos aunque tengan odiosas intenciones, pero no lo había vivido hasta que ese degenerado me empezó a seguir. La mami encontró que era la maravilla que me hiciera amiguitos, pero yo le hacía sonidos estereofónicos y se enteró de que no lo soportaba mucho.
 Hasta que un día, estando yo en el living… lo ví. De lejos. Hice un sonido tan fuerte que la mami corrió a ver si había un ladrón o un gato dentro de la casa, pero cuando se dio cuenta de mis intenciones homicidas ya era tarde. Yo salí con mi Qi a cuestas por la loggia y me tiré en picada contra el enemigo. La mami miraba boquiabierta a su dulce gatita regalona darse vueltas en el aire mientras moños de pelo suelto y patadas voladoras se esparcían por el lugar. El maldito escapó en un momento pero mis pasos fueron más rápidos, lo alcancé y como una bola de lana esquizofrénica, seguí enterrándole mis uñas a las que, a propósito, había dejado sin manicure.
 Por un tiempo seguí apareciendo con cicatrices y un día llegué desnuda (ops) sin collar ni chapita con el nombre, pero parece que entendió el mensaje el felino ese y hace días ya no me encuentro con él.

Ahora que ya ví “Kung Fu Panda” la próxima no se salva de una llave dactilar.