CASSANDRA: Insomnio

Era una noche más como todas las que he dormido durante los últimos casi cuatro años de vida. Así que me hice ovillito, puse la mente en “negro” y adiós.

Bueh, pero el ovillito hacia la derecha no resultó así que me di vuelta hacia la izquierda. Y me dio calor, así que me puse con las manitas sueltas y la cabeza hacia el techo (me gusta jugar al “mundo al revés”). Pero la luz me molestó así que moví la cabeza y me tapé los ojos con la mano.

Mientras, la mami estaba acostada tomando helado, mirando la cajita con gente.

Me levanté, me estiré y me acosté de vuelta para el lado derecho. Y después de espalda. Y luego tapando mi cara. Pero nada, no me podía dormir. Entonces dicen “¡JUANES!” y la mami va y sube el volumen. Abrí un ojo, miré la pantalla y lo cerré despacito cuando ya me acostumbré al ruido.

Y así estaba casi casi en los brazos de Morfeo cuando el que cantaba grita…

¡CAAAAN…. DELA!

… y llegué a saltar. La pucha. Otra vez despierta. Y la mami cantando y moviendo la cama. Más el calor. Así no se puede.

Gasté el tiempo pensando en la coincidencia de que todos se llamaran Juan en esa banda. Pero la mami me explicó que no, que es sólo el que canta. Le dije que me quería llamar CassandraS y me dijo que no, que a él le dicen de así porque se llama Juan Esteban y que yo nisiquiera tengo segundo nombre para combinar. Las repucha.

Tuve que esperar hasta que terminó de cantar sus cumbias o lo que sean esos ritmos y una vez que le entregaron antorcha, y antorcha, y gaviota (yo pedí una de esas para mi cumpleaños), la mami apagó la luz y se durmió. Claro que a esas alturas yo me había ubicado donde duerme la mami, entre todos mis intentos por encontrar la posición precisa, así que ella durmió en diagonal para no correrme, de la pura lástima que le daba verme con insomnio.

CASSANDRA: ¿Huérfana?

Yo sospechaba algo raro cuando sacó el bolso con cierre y empezó a meter cosas, pero no me iba a desgastar en hacer conclusiones. El asunto es que salí a dar una vuelta y cuando llegué no estaba. Y no llegaba. Y no llegó.

Bueno, pero una trasnochada afuera no sería primera vez, así que ni me preocupé. Pero pasó el día siguiente completo y no regresó. Así que empecé a observar y claro, mi pote del agua era mucho más grande y mi plato de comida estaba hasta el tope. Aunque lo más extraño era que el auto estuviera allí afuera, porque a ese lo quiere más que a mí y no sale a casi ninguna parte sin él. Y pasó otro día y don Luis, el conserje que una vez me aplastó con el refrigerador haciendo aseo, entró a la casa y me rellenó las provisiones, entonces ahí empecé a pensar y dije ” se murió”…. “reflautas, la mami se murió”… y por alguna razón extraña me habría dejado el DFL2 a mí, o algo, porque en vez de que vinieran a sacarme, tenía servicio de comida al cuarto. O sea, podía ser cualquier cosa, el asunto es que ella no estaba. Seguí con mis maullidos gritones diciendo “llegueeeeé” y día tras día lo único que encontraba era mi plato relleno, pero ni huella del olorcito de mi mami.

Fue así como, desconsolada, caí nuevamente en las riñas callejeras, antigua costumbre que a fuerza de que me cerraran la puerta por las noches ya estaba olvidando, y descuidé mi ¿se dice persona? ¿cómo se dice en el caso de un gato? bueno, digamos mi aseo personal. Y comencé a vagar, y en mi absoluta horfandad, los antipáticos gatos vecinos me seguían hasta la ventana misma de mi loggia, como burlándose de que no tuviera nadie que saliera a buscarme cuando pronunciaba mis maullidos de guerra.

Me fuí poniendo gris. Gris pena. Y llenando de cicatrices de mordidas de gatos con los que peleaba.

Hasta que un día, mientras estaba en plenos reclamos guturales con dos gatos, uno rubio medio adolescente y el blanquinegro que me tiene susto, escucho ¡Cassaaaandraaa…. ya estás peleaaaaando!!!!…. y como si fuera la voz más agradable que hubiera escuchado (“como si fuera”, porque a mí no me gusta que me llamen la atención en público) se me alegró el oído y luego, la ví… era ella… un poco más café, pero ella. Y si bien me confundí un poco y la recibí con una erizada de pelos, me alegré tanto tanto que una vez resuelto el asunto callejero de dejar en claro quién es la que manda en el condominio, me fui a la casa a verla. Ese mismo día retomé mis costumbres de limpieza y por la noche la desperté 5 veces para que regaloneáramos, frecuencia que se ha mantenido hasta hoy, adicionando algunos mordiscos en los pies y mini langüetazos en la frente cuando no se quiere despertar.

Por eso siempre digo, odio las vacaciones, no hay caso que les pueda encontrar la gracia que le encuentran los humanos.