CASSANDRA: ¿Huérfana?

Yo sospechaba algo raro cuando sacó el bolso con cierre y empezó a meter cosas, pero no me iba a desgastar en hacer conclusiones. El asunto es que salí a dar una vuelta y cuando llegué no estaba. Y no llegaba. Y no llegó.

Bueno, pero una trasnochada afuera no sería primera vez, así que ni me preocupé. Pero pasó el día siguiente completo y no regresó. Así que empecé a observar y claro, mi pote del agua era mucho más grande y mi plato de comida estaba hasta el tope. Aunque lo más extraño era que el auto estuviera allí afuera, porque a ese lo quiere más que a mí y no sale a casi ninguna parte sin él. Y pasó otro día y don Luis, el conserje que una vez me aplastó con el refrigerador haciendo aseo, entró a la casa y me rellenó las provisiones, entonces ahí empecé a pensar y dije ” se murió”…. “reflautas, la mami se murió”… y por alguna razón extraña me habría dejado el DFL2 a mí, o algo, porque en vez de que vinieran a sacarme, tenía servicio de comida al cuarto. O sea, podía ser cualquier cosa, el asunto es que ella no estaba. Seguí con mis maullidos gritones diciendo “llegueeeeé” y día tras día lo único que encontraba era mi plato relleno, pero ni huella del olorcito de mi mami.

Fue así como, desconsolada, caí nuevamente en las riñas callejeras, antigua costumbre que a fuerza de que me cerraran la puerta por las noches ya estaba olvidando, y descuidé mi ¿se dice persona? ¿cómo se dice en el caso de un gato? bueno, digamos mi aseo personal. Y comencé a vagar, y en mi absoluta horfandad, los antipáticos gatos vecinos me seguían hasta la ventana misma de mi loggia, como burlándose de que no tuviera nadie que saliera a buscarme cuando pronunciaba mis maullidos de guerra.

Me fuí poniendo gris. Gris pena. Y llenando de cicatrices de mordidas de gatos con los que peleaba.

Hasta que un día, mientras estaba en plenos reclamos guturales con dos gatos, uno rubio medio adolescente y el blanquinegro que me tiene susto, escucho ¡Cassaaaandraaa…. ya estás peleaaaaando!!!!…. y como si fuera la voz más agradable que hubiera escuchado (“como si fuera”, porque a mí no me gusta que me llamen la atención en público) se me alegró el oído y luego, la ví… era ella… un poco más café, pero ella. Y si bien me confundí un poco y la recibí con una erizada de pelos, me alegré tanto tanto que una vez resuelto el asunto callejero de dejar en claro quién es la que manda en el condominio, me fui a la casa a verla. Ese mismo día retomé mis costumbres de limpieza y por la noche la desperté 5 veces para que regaloneáramos, frecuencia que se ha mantenido hasta hoy, adicionando algunos mordiscos en los pies y mini langüetazos en la frente cuando no se quiere despertar.

Por eso siempre digo, odio las vacaciones, no hay caso que les pueda encontrar la gracia que le encuentran los humanos.

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