“Ándate a la punta del cerro” reza el dicho en Chile, cuando nos cansamos de alguien y queremos que se vaya. Pero ayer, sin que nadie me echara, más bien, gracias a una invitación, tuve la oportunidad de estar ahí “en la punta del cerro”.

Era una mañana típica de jueves. Estirarse, poner los pies en el suelo (miau), ir a la ducha (miau miau), vestirse (miau miau miau), hacer la cam… (miau miau miau MIAUUUU….) , ir a darle comida a la Pepa, volver a hacer la cama, peinarse. Pero este jueves yo iba saliendo con una lista mental de cosas que no podía olvidar: efectivo, cámara, documentos, chaqueta, etcétera.

Partí mi viaje a San Pedro -un lugar a dos horas de Santiago- entre los últimos autos de la hora punta y la música de Jorge Drexler. No sé a ustedes, pero a mí me encanta viajar y si es en auto, disfruto de manejar, del paisaje, del cielo, de saludar a los chicos en el peaje.

Indicaciones a la mano, llegué hasta un punto y me fueron a encontrar. Con mi destreza citadina de manejar en plano, subí a dos marchas por el camino de tierra rodeado de vegetación, a unos 20 km/hr. La Cimarrona se emplaza casi en la cumbre de un cerro, en su ladera norte, con una vista hacia el valle, indescriptible de linda.

La casa es amplia, bonita, sobre todo, acogedora. Como sus dueños, sonrientes, generosos, los mejores anfitriones, de esos que hacen sentir tan en casa, que uno se integra como si fuera la propia.

Llegué y me pusieron a preparar la ensalada. Y es que hay dos maneras de recibir en mi país: una, es la de instalar al invitado en la sala y agasajarlo mientras, desde ahí sentado, mira el lugar y conversa con el cuello torcido hacia la cocina; la otra, es hacerlo participar de lo que haya que hacer. El riesgo de esta alternativa es que entre en confianza y así, el invitado (yo), sintiéndose parte, termine pidiendo repetición si el almuerzo es tan rico como arroz enjoyado y garbanzos.

Para hacerla más linda, La Cimarrona es hogar de estas criaturas preciosas

 

(me faltó tomar fotos a una… así que tendré que regresar…)

Les hablaba de lo hermosa que me pareció su vista y creo que ellos piensan lo mismo…

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Todos estos animales han sido adoptados, pero lo más increíble, es que varios han llegado por sus medios a este bello lugar, incluso una, con sus últimas fuerzas. Y quién los va a culpar, si no tuviera a mi par de gatas en casa, capaz que también me quedaba a pasar una temporada.

Hacia donde uno mire, hay belleza pura. Colores, texturas, aromas. Y muchos caracoles que en este paraíso se instalaron a vivir la vida loca, entre hojas de acelga y todo tipo de plantas, incluido un copihue que se esfuerza por ganarles la batalla. Porque la vida en el campo, y arriba en el cerro, no es fácil para nadie, pero es linda, eso sí, muy linda.

En mi paseo por La Cimarrona, Tomás (el perro negro) iba atrás mío, cuidándome. Uno sabe cuando alguien lo cuida.

Se terminó el día y me vine cargada de regalos. No, no exagero, me traje como 5 kilos de regalos: alcachofas, kale, pan, limones, palta. Y unos 50, de cariño.

Cimarrón tiene varias acepciones, pero la que más me gustó es: animal que habiendo sido domesticado, se escapa al campo y se asilvestra. Déjenme decirles que La Cimarrona tiene el nombre perfecto.

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